Hoy
me siento frente al telón aún a oscuras, sé perfectamente lo que he venido a
buscar: sensaciones muy concretas que solo soy capaz de hallar en algunas
situaciones. Espero impaciente a que comience sin saber qué ocurre al otro
lado, quiénes me van a sorprender esta noche, cómo se preparan antes de salir,
qué estarán pensando. Cuando al fin comienza, me destenso, fundiéndome con las
sombras y brillando con las luces.
¿Será
hoy el día? Si tengo suerte el tiempo se parará y no existirá nadie más
alrededor, estaremos solo nosotros. Al cabo de pocos segundos, siento que voy a
encontrarlo aquí. Un escenario prácticamente desnudo y es que todo lo demás
sobra, dos cuerpos y una gran música lo llenan. Danza de movimientos precisos,
músculos y huesos perfectamente coordinados e infinidad de gestos. Coreografías
que impregnan la angustia del personaje, la lucha con sus propios demonios y
perfeccionismo frente al espejo. Un baile violento con lo más oscuro de su ser.
El
arte de dominar la voz y el cuerpo, el poder de provocar, incitar a la
reflexión, plantearte qué quieres, intentar conocerte más.
Nunca
se sabe qué factor provocará el cambio, quizás lo que veo ante mis ojos en este
instante. Un arte que sigue luchando contra la anestesia generalizada del siglo
XXI.
Me
levanto sin poder dejar de aplaudir, sonrío y agradezco... gracias por hacerme
sentir...se llama TEATRO…

